Música

jueves, 14 de marzo de 2013

CUENTO INFANTIL SIN TÍTULO (INACABADO)


I
Estoy muy preocupado por lo que pueda suceder mañana. Todo lo que ha ocurrido en estos últimos días ha sido realmente escalofriante, sobre todo por lo que pasó ayer, un día después de mi cumpleaños. 
Comenzaré por contar cómo fue el 28 de junio, el día que cumplí trece años. 
Abrí los ojos lentamente, vi a mis papás al final de la cama que se acercaban muy contentos para abrazarme.
—Feliz cumpleaños, hijo— dijo contento Tomás, mi papá. 
—Memito, hijito, felicidades— me dijo dulcemente mamá. 
Yo sonreí con un brazo recostado en la cama. Era jueves y todavía tenía que ir a clases, pero me daba flojera porque tenía examen de Historia. 
—Soledad, el regalo, ¿dónde lo pusiste?— preguntó papá a mamá. 
—Voy por él ahora mismo. 
Y mamá salió corriendo de mi cuarto para traer el regalo, mientras papá hablaba conmigo sobre si quería faltar a clases ese día: 
—Sólo porque es tu cumpleaños, Memo.
—Pero tengo examen de Historia, papá— le contesté muy triste porque había olvidado estudiar para el examen. 
Entonces entró mamá con las manos escondidas en su espalda y, muy emocionada, me dijo:
—Adivina qué es, Memo.
Yo intenté ver algo atrás de mamá: alguna caja grande envuelta en papel para regalo, algún objeto esférico que pareciera balón de fútbol, o tal vez alguna película o libro comprado en la librería, pero no veía la típica bolsa amarilla, así que no tenía idea de qué era mi regalo. Como mis papás vieron que no respondía, prefirieron darme de una vez por todas una cajita pequeña, que incluso cabía en las pequeñas manos de mamá. 
—Espero que te guste, Memo, dijo papá, en la oficina todos los hijos de mis colegas tienen uno como ése. 
Recibí el regalo un poco triste, de las manos de mamá, o decepcionado porque era algo muy pequeño, incluso más pequeño que la cajita que lo contenía. 
No me emocioné al abrirlo, no rompí la envoltura, sino que lenta y cuidadosamente lo abrí para que, si no me gustaba, mamá o papá pudieran devolverlo a la tienda donde lo compraron y para que me dieran un nuevo regalo que sí me agradara. 
— ¡Es el último DÍA!— exclamó mamá con una sonrisa de arete a arete. 
—Gracias— les dije y les devolví a ambos una sonrisa mal pegada en mi rostro porque, la verdad, no estaba emocionado por el aparato que había recibido. 
Sin embargo mis papás salieron de mi cuarto muy felices porque pensaron que me había gustado su regalo. Y desde afuera de la recámara escuché la voz de papá que decía: 
—Apúrate, Memo, se te va a hacer tarde para ir a la escuela. Te espero en el auto.
Luego mamá añadió:
—A la salida voy por ti, Memito, para que vayamos a comer con tu abuelita y tus tías, ya ves cómo te quieren. 
Yo respondí a ambos con pereza mientras salía de las cobijas:
—Sí, papá. Sí, mamá. 
Y dejé mi regalo a un lado de la cama. 

II
¿Qué es el Big Bang? ¿Cómo y cuándo se formó la Tierra? ¿Cuánto tiempo tardó en enfriarse la corteza terrestre? ¿Cuáles fueron las primeras manifestaciones de vida en la Tierra? ¿Cuándo aparecieron los dinosaurios? ¿En cuántos periodos se divide la prehistoria? ¿Cuándo apareció el hombre, en qué lugar? ¿Cuál ha sido la evolución del ser humano desde el Australopithecus hasta el Homo videns? Indique cuándo el hombre llegó a la Luna, a Marte, a Venus, al asteroide M16-K39 y qué país lo logró. Ésas fueron las preguntas del examen de Historia que respondí en menos de veinte minutos. Todo eso lo habíamos visto durante el curso y no era más que aprenderse datos y fechas de memoria, y eso de memorizar no me cuesta trabajo, por eso me llaman Memo, porque tengo memoria.
            Después del examen, en la clase de Español, leímos algunos cuentos de una antología escolar; leímos Cortázar, Poe, Quiroga y otros, pero el cuento que más me llamó la atención fue uno de Augusto  Monterroso.  El título de éste era El dinosaurio. Me impresionó que el cuento se tratara de una persona cualquiera que despierta y tiene un dinosaurio al lado; eso parecía arriesgado, pero interesante: despertar al lado de un dinosaurio, como en la viejísima serie de televisión de Pedro Picapiedra.
            Terminó la clase de Español y salí al recreo con Rafa, mi mejor amigo. Le pregunté cómo le había ido en el examen de Historia y me respondió:
            —Mal, estudié tan rápido que se me olvidó lo que tenía que recordar.
            —Debiste copiarme las respuestas— le dije como regañándolo por no haber intentado hacerlo. Seguimos caminando en silencio y comenzamos a comer nuestros sándwiches cuando encontramos un lugar para sentarnos.
            —Oye, hoy es tu cumpleaños, felicidades— me dijo Rafa después de haberse acabado el sándwich de jamón.
            —Gracias por recordarlo— le contesté después de tragarme el bocado.
            —Lo siento, ya sabes que yo olvido las cosas— dijo como con tristeza.
            —No te preocupes, yo  entiendo.
   ¿Y qué te dieron de regalo? — me preguntó sin mucho interés.
—El último DÍA. Bueno, eso me dijeron mis padres; ni siquiera lo abrí. No me llamó la atención. Era diminuto.
—Hace poco leí un artículo sobre eso, dicen que la nueva función permite visitar dos épocas distintas a la vez. Si no te gusta, puedes dármelo— me dijo Rafa ahora ya como más emocionado.
Acabaron las clases


III
Mamá llegó por mi después de clases. Fuimos a casa de la abuela como habíamos acordado. Cuando llegamos, la abuela dijo:
—Ven, Memito, dame un abrazo por tu cumpleaños.
Entonces me aprisionó entre sus brazos regordetes como si quisiera asfixiarme. Y me soltó sólo para decir:
—Hoy comeremos tu platillo favorito: zanahorias con papas. 
— ¡Mmmm!— hice como si saboreara ya la comida.
La comida estuvo tan rica que me comí dos platos, aunque después de comer estaba a punto de reventar como globo. 
Después de un rato llegaron las dos tías, Elvira y Sol, con sus respectivos esposos, Vicente y Felipe. Debo decir que no me gusta mucho hablarles porque me tratan todavía como un niño pequeño; algunas veces, cuando me descuido, las tías Elvira y Sol —aunque más Sol que Elvira— me agarran de los cachetes con sus manos de cangrejo y no me sueltan hasta que me sacan una sonrisota o un cumplido o hasta que se cansan; y los tíos, que sólo son tíos porque se casaron con las hermanas de mamá, me hablan como si no supiera nada de la vida, como si estuvieran hablando con un niño de cuatro años, y eso ni me gusta. 
Todos estábamos en la sala y esperábamos a que regresara mamá de la tienda con el pastel de piñón que no me gusta para nada, pero que le encanta a todos los adultos. 
Yo estaba muy tranquilo viéndome las agujetas de los zapatos cuando el tío Felipe rompió la silenciosa paz de la sala y dijo:
—Cuéntanos, Memo, qué te dieron de regalo tus papás. 
—El ultimo DÍA— contesté sin alegría. 
—Uy, chiquillo, espero que lo sepas usar, esas cosas nuevas son carísimas y sería un desperdicio si no la sabes utilizar— dijo de repente el tío Vicente. 
— ¿Es lo que pediste de regalo? — me preguntó el tío Felipe acomodándose los lentes. 
—No pedí nada de cumpleaños, tío— le respondí. 
— ¿Te gustan las botas, Memo? ¿Te gustaría que te regalara unas como las mías?— interrumpió el tío Vicente mientras se agarraba el bigote y volteaba a ver sus botas más puntiagudas que la punta de un lápiz nuevo. 
—Gracias, tío, le dije, me gustan más los tenis. 
—Eso ya no se usa, chiquillo, ahora y siempre se han usado las botas. 
Preferí no responderle porque incluso toda argumentación lógica sería en vano. Entonces me concentré en la pasividad de los peces que tenía en la sala la abuela. 
Pasaron las horas más lentas de mi vida, parecía que a la realidad le habían puesto pausa y todos nos hubiéramos congelado esa tarde: las tías Elvira y Sol siempre estarían allí sin decir ni una palabra; el tío Felipe siempre aparecería irrumpiendo la tranquilidad de los peces como si estuviera espantando moscas; y el tío Vicente siempre me trataría como un niño que no sabe nada de la vida. 
Por suerte llegó mamá de la pastelería con el indeseable pastel de piñón. Sin embargo ese pastel fue la salida de emergencia aquella tarde en casa de la abuela porque, después de partir el pastel, regresé a casa. 


IV
Estaba preparándome para ir a dormir cuando recordé que mi regalo estaba allí todavía sin abrir. 
Me metí a las cobijas y sin mucha ilusión saqué el aparato de su caja.
"DIA (Dispositivo de Inteligencia Artificial) Móvil. 
Última versión: 2 épocas distintas en un mismo tiempo (Ver instructivo). 
Pantalla táctil de 6" 
Bocinas integradas.
24hrs de batería (recargable). 
Procesador AMD 256 núcleos. 
64 GB RAM. 
Tarjeta de Súper Video en Alta Definición. 
8 TB en HD. 
Plataforma libre."
Todo eso decía la caja del aparato. Lo saqué de la caja y realmente era pequeño, del tamaño de mi mano; era delgado, plano, gris; parecía que no estaba hecho para llamar la atención de alguien como yo. 
Apreté el botón de encendido y no sé de dónde salió una voz metálica que dijo: 
—Hola, soy el último DÍA (Dispositivo de Inteligencia Artificial) Móvil, y estoy en modo de demostración; para conocer mis funciones coloca tu dedo índice de la mano derecha en la opción que desees explorar; o bien, puedes seleccionar la opción deseada a través del comando de voz; además, puedes personalizarme eligiendo las aplicaciones que consideres necesarias en tu vida diaria; incluso podrás interactuar con otros DIA's mediante el correo multimodal que incluye correo electromagnético, postal, de voz,....— entonces apagué el aparato porque estaba harto de escuchar la misma canción que decían todos los demás aparatos caseros que había en casa.
Y cerré los ojos para intentar borrar ese horrible día de mi memoria, pero fue imposible porque todos sabemos que se puede olvidar cualquier día de la historia, menos el día de nuestro cumpleaños. 


V
Me sentía triste porque el día de mi cumpleaños no había sido como lo hubiera deseado. El regalo que me habían dado mis padres no me había gustado; la comida en casa de mi abuela había sido incómoda por la presencia de mis tías y sus insoportables esposos, e incluso el pastel no me había sabido bueno. Y para acabar de arruinar el día de mi cumpleaños, en el examen de Historia había tenido varios errores: confundí la fecha de aparición de la vida en la Tierra con la fecha en la que aparecieron los dinosaurios, y la fecha de los dinosaurios con la del hombre. 
Obtuve una mala calificación en ese examen y esa fue la razón por la que empecé a dudar de mi memoria. 

28 junio 2012

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